UNA REALIDAD SOCIOECONOMICA DESPIADADA QUE PERMITE REFLEXIONAR SOBRE UN MUNDO TAN CINICO COMO INHUMANO
Jason Reitman sabe ser sardónico, agudo y provocador, y también sabe cuándo moderar la crítica para no inquietar demasiado a la platea. Tiene la suficiente inteligencia para apuntar con sus dardos satíricos a algunos de los aspectos más cuestionables de la vida contemporánea (el éxito como valor supremo, el individualismo exacerbado, la deshumanización de un mercado que premia o expulsa según lo dicten las urgencias del negocio) sin abandonar el tono de comedia. Y sin perder brío, chispa ni mordacidad.
Amor sin escalas observa la realidad norteamericana en tiempos de crisis económica y su efecto más doloroso, el desempleo. En términos de una sociedad en la que perder el trabajo significa perderlo todo, recibir la noticia del despido equivale a una tragedia. Para hacer que ese trance sea superado sin causar demasiados daños (para el que queda en la calle y para la corporación que lo despide) está Ryan Bingham. El, que tiene la irresistible simpatía de George Clooney, sabe cómo dar la noticia, enfrentar las reacciones que sobrevengan y envolver al expulsado con su labia hasta convencerlo de las ventajas de esta inesperada libertad: ahora podrá emprender una nueva vida.
Puede suponerse que si hay un monstruo de cinismo como tal, también habrá una chance de redención. Pero a Reitman le gusta forzar los lugares comunes, de modo que el film reserva alguna sorpresa. Entre diálogos ingeniosos soltados a todo ritmo (el montaje también ayuda) y tras el retrato cáustico del mundo en que circula el personaje hay cierto deslizamiento hacia lo sentimental que se sostiene gracias a la pareja Clooney-Vera Farmiga, algunos discursos innecesarios y una nota falsa sobre el final, con el testimonios de algunos despedidos, felices de haber recuperado la vida familiar. Quizá Reitman quería lanzar otra ironía burlona, pero lo que se ve es la intención de conformar a la audiencia y devolverle la esperanza después de haberle pintado un mundo tan cínico, inhumano y desalentador. Es una pena.
Fernando López / La Nacion
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