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LAS HIERBAS SALVAJES
de ALAIN RESNAIS

UNA COMEDIA BRILLANTE E INQUIETA SOBRE EL DESEO, NARRADA CON LA GRACIA, LA SENSIBILIDAD, LA MELANCOLIA DEL GRAN MAESTRO DEL CINE MUNDIAL: ALAIN RESNAIS (Creador de Hiroshima mon amor)


Alain Resnais ha llegado a la madurez.
Parece increíble, la forma en que ha evolucionado, dando un giro de ciento ochenta grados que alguien ha apuntado figuradas en las últimas imágenes de Les herbes folles, que nos remiten tal vez al destino fatal de las “hierbas locas” que cerraban Nuit et brouillard. Resnais reacciona ante la cámara como lo haría un niño superdotado sin nada que perder, con una frescura alucinada en el uso de la cámara, “una cámara sin pies, que vuele”
Apoyado también en los retorteros de la literatura contemporánea (la casualidad, el destino) quizás por su calidad de adaptación literaria, juega a remarcar cada personaje, cada gesto, creando una serie de símbolos que se reencuentran y contradicen a lo largo de la película. Marguerite Muir (una maravillosa Azema) nos da una de las claves: el aire, la posibilidad de volar que se reencuentra con la cámara a través del uso de grúas. También un cuidado uso de la estética a través del color, pero sobre todo el juego de extrañamientos continuos, de diálogos y situaciones que a veces parecen forzados pero son, en el fondo, el quid de un juego complejísimo de cine, puro cine, una suerte de reflexión o epitafio cinematográfico, imposible saber del todo qué.
La frase de Flaubert (título de la crítica) es quizás el resumen irónico de lo que se nos cuenta, nada importa mucho, al final somos unos contra los otros, pero ese no es más que otro juego que veremos eclipsado una y mil veces a lo largo de la trama hasta ese emocionante, desequilibrado, excesivo, perfecto final. Ahí la magia del cine que Resnais viene cultivando desd, la de saberse dentro de un juego lleno de mensajes ocultos, en cierto modo a la manera de Lynch pero de una forma mucho más pulida, quizás incluso más inaccesible. Pero también es un placer saberla parte de algo muy cercano, que en definitiva emociona por fragmentos, sorprendente desde el primer fotograma hasta el último para cualquiera que se le acerque
En todo caso, cincuenta años después de Hiroshima, mon amour, Resnais sabe que sus obras no van a ser valoradas a la altura de sus primeras, y eso por un lado le da la capacidad de no rendir cuentas a nadie y por otro, como resultado, de crear obras mayores sin la conciencia de serlo, esto es, todavía más grandes. Uno sale pensando que Resnais ha vuelto a inventar el cine.



 
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